SERVUS HISPANIARUM REGIS



miércoles, 13 de enero de 2016

MARÍA MANUELA, PRINCESA DE ASTURIAS E INFANTA DE PORTUGAL

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Armas de la Princesa María Manuela
Diseño: Heralder
María Manuela de Portugal, nació en la ciudad portuguesa de Coimba el 15 de octubre de 1527. Fue hija de la archiduquesa Catalina de Austria, hermana del emperador Carlos V, Infanta de España y Reina consorte de Portugal, y del rey Juan III el Piadoso de Portugal. María Manuela fue la segunda (pero primogénita superviviente) de los nueve hijos nacidos del matrimonio entre Juan III de Portugal y Catalina de Austria; de sus ocho hermanos menores, solamente sobrevivió Juan Manuel, nacido en 1537.
Su educación estuvo largamente influenciada por la profunda religiosidad y devoción a los sacramentos de su madre, unido a las altas expectativas que se tenían en el hecho de que como la única hija de los reyes portugueses, ella tuviese un buen matrimonio, y que fuera digna de las más altas consideraciones. Fue precisamente por este motivo por el que la reina Catalina convenció a su marido, Juan III, para que aceptara la candidatura del heredero de Carlos V, el futuro Felipe II, a la mano de la infanta.
El Rey Juan III dotó a su hija con 300.000 ducados, dinero que serviría para sufragar en parte los gastos de la guerra entre Carlos V y Francisci I de Francia, que habían sido tan importantes.
Los contrayentes eran primos y ambos nietos de la Reina Doña Juana.
Aquellas bodas, se contaron entre las más notables que se han hecho entre príncipes en España, por el lujo, ostentación y aparato que se empleó desde los primeros preparativos, y por el pomposo ceremonial con que se celebraron. Los escritores de aquel tiempo han dejado minuciosas descripciones del viaje que hizo de Madrid a Badajoz, a recibir a la Princesa, el maestro del Príncipe, Juan Martínez Silíceo, obispo de Cartagena, y de la grandeza con que el Duque de Medina Sidonia, Juan Alonso de Guzmán, arregló su casa para hospedar a la ilustre novia.
La comitiva era brillante; llevaba multitud de acémilas y reposteros, pajes, escuderos y criados, todos con ricas y lujosas libreas de seda y terciopelo, con franjas de oro, sombreros con plumas y otros adornos, con los cuales competían los paramentos de los caballos, y en las comidas no faltaba, así en viandas como en vinos, ningún género de regalo.
La casa del duque como la que se destinó para alojamiento del obispo competían en el lujo del menaje, en tapicerías, colgaduras, doseles y vajillas de oro y plata. Poco faltó para que la proyectada boda ocasionara un rompimiento entre España y Portugal por cuestiones de etiqueta y de preferencia. Tanto se disputó, que por no estar arreglado el ceremonial no pudo entrar en España la infanta en el día anunciado, y aún llegó a temerse que se deshiciera la boda.

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María Manuela de Portugal en un retrato anónimo conservado en el Museo del Prado de Madrid
Se arreglaron por fin las diferencias. Corría el mes de octubre de 1543 cuando la comisión de caballeros castellanos recibió a la infanta en la raya divisoria en el puente del río Caya. Se debían celebrar los esponsales en Salamanca, y en el largo tránsito de Badajoz a aquella ciudad se invirtió cerca de un mes, porque todo eran festejos, fiestas, torneos, vistosos simulacros de infantes y jinetes, esforzándose a competencia y relativamente las grandes y pequeñas poblaciones en obsequiar a la futura Princesa de Asturias. El Príncipe, en tanto, como cualquier enamorado a quien no es permitido el ver a su amada, seguía a ésta desde la raya hasta Badajoz. Cuando llegaba la real comitiva a una población en la que iba a descansar, el príncipe, siempre de incógnito, se adelantaba, y desde una ventana algunas veces, y casi siempre embozado hasta los ojos, desde una esquina, mezclado con la muchedumbre que ocupaba las calles, se complacía en observar a su futura esposa.
Llegó esta por fin a Salamanca, en cuyo límite la esperaban el corregidor con el Ayuntamiento, el Cabildo y la Universidad y otras corporaciones, que la acompañaron en la ostentosa y magnífica entrada. El Príncipe se adelantó también como en otras poblaciones, y perfectamente disfrazado se asomó a un balcón de la casa del doctor Olivares para ver una vez más a la infanta. Ésta lo supo, y al pasar por delante del citado balcón, con cierta decorosa coquetería se cubrió el rostro con el abanico de ricas plumas que llevaba en la mano. Como los bufones tenían para todo libertad, el del conde de Benavente, llamado Periquito de Santervés, que era muy célebre entre los de su clase y acompañaba a la infanta para distraerla con sus gracias, comprendiendo lo que pasaba, apartó el abanico y descubrió plenamente el rostro de la infanta, acompañando la atrevida acción con muy oportunas palabras.
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La princesa María Manuela
Por la tarde salió el Príncipe, de incógnito siempre, fuera de la ciudad, y al siguiente entró públicamente en aquélla por la Puerta de Zamora, acompañado del Cardenal Tavera, del duque de Alba y de otros varios magnates y caballeros. El día 14 de noviembre de 1543 se celebraron los esponsales, por la noche, dando a los esposos la bendición nupcial el Arzobispo de Toledo, cardenal Tavera. A las cuatro de la mañana se celebró la misa de velaciones, y todo el día y varios de los siguientes se invirtieron en fiestas y torneos. Después de visitar los establecimientos públicos, los príncipes se dirigieron a Tordesillas a besar la mano a la abuela de ambos, la reina doña Juana I de Castilla.
La melancólica reina se mostró muy complacida de ver y abrazar a sus nietos, y dice la historia que los hizo danzar en su presencia. En Simancas alfombraron de muy rico paño las calles y festejaron con el mayor entusiasmo a los príncipes, los cuales pasaron de esta ciudad a la de Valladolid, que también se mostró espléndida, digna y magnífica en recibir a los esposos.
La vida conyugal del príncipe Felipe con su primera esposa quedó bajo el control del Emperador. Carlos V  había advertido a su hijo sobre el peligro de los excesos sexuales y le conminó a limitar y controlar su pasión amorosa. Los documentos nos hablan de camas separadas, de distanciamientos temporales y sólo entrevistas públicas de día. En Felipe fue creciendo la indiferencia hacia su esposa y empezó sus salidas nocturnas. Su desvío hacia la princesa fue la comidilla de la corte, y hasta tal punto, que el rumor llegó hasta Carlos V, que se creyó obligado a reprender por ello a su hijo. Ambos esposos fueron puestos bajo la tutela y vigilancia de Juan de Zúñiga y de los duques de Gandía para que no se excediesen en sus relaciones íntimas.  La meta era evitar excesos en las relaciones sexuales de la pareja, abusos que se creían habían causado la muerte al príncipe Juan, hijo mayor de los Reyes Católicos.
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La actriz Itxaso Arana da vida a María Manuela en la serie Carlos V, Rey-Emperador
Foto: RTVE
El matrimonio no se consumó hasta el mes de noviembre de 1543 y solo fue después de un año de casados, en los primeros días de septiembre de 1544, cuando se comunicó el embarazo de la Princesa.  En Valladolid dio María a luz su único hijo, el infante Carlos (8 de julio de 1545) y pocos días después, el 12 de julio, murió, a consecuencia del parto, sin llegar a ser reina de España. Fue enterrada en el Panteón de los Infantes del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial.

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